Hoy por hoy, un juego protagonizado por nada más y nada menos que el Pato Donald conseguiría soltar la carcajada de unos y la maldición de otros... pero nada más. No obstante, en la era de las primeras videoconsolas un videojuego de Disney cualquiera podía ser bueno... ¡Qué diablos! ¡Muy bueno!
Creado en 1993 por una temprana Disney Interactive, Deep Duck Trouble fue uno de los muchos juegos que la factoría de los sueños creó para la Master System de SEGA, y que precedería a títulos tan inolvidables como The Lion King o The Jungle Book. Y es que por aquél entonces, Disney molaba, amiguitos. Además de sacar muy buenas películas de animación, cada uno de sus videojuegos era, como mínimo, sinónimo de gráficos coloridos y vistosos y jugabilidad a prueba de balas, los que les llevaba a ser todo un éxito entre los chavales de la época, en un momento en el que aún apenas existía la prensa especializada, y por supuesto ni un atisbo de Internet.

Esto quiere decir que, a la hora de comprar un juego, antes había que fiarse de la portada... y en este caso, los chicos de Disney pusieron mucho empeño, con una preciosa ilustración que explicaba a la perfección el argumento del juego: El pato Donald huyendo de un orangután mientras, al fondo, el Tío Gilito subía a los cielos hinchado como un globo. ¿Qué niño podría resistirse a eso?

Pato en acción
Lo primero que llama la atención al empezar a jugar a DDT es su preciosista introducción, en la que se explicaba (en perfecto inglés, pero eso a nadie le importaba) el delirante argumento del título: el Pato Donald y los tres sobrinos están buscando al tío Gilito, cuando lo descubren cual globo aerostático flotante. Éste les explica que ha sido maldito por un colgante que encontró en una isla. Para romper la maldición, Donald deberá volver a la isla y poner el colgante en su lugar. ¿Y quién mejor para ayudarle que su sobrino carnal?

Este planteamiento le sirvió a Disney, y a todos los que en su día jugamos a DDT, para recorrer la isla de la maldición a través de cinco divertidos mundos que superar. Siguiendo el esquema plataformero a lo Super Mario Bros del que tantos títulos de la época hicieron uso, el pato de voz ronca deberá sortear todo tipo de obstáculos y enemigos para acabar enfrentándose a la mismísima bruja que creó la maldición.
Tanto los enemigos como los decorados de DDT son una explosión de belleza y color al más puro estilo Disney.
Tanto las animaciones del personajes principal como del resto del entorno gráfico fueron cuidadas al detalle, algo digno de elogio teniendo en cuenta las limitaciones gráficas del Sistema Maestro de SEGA. Así, el jugador de la época quedaba maravillado viendo como la personalidad del Pato Donald de los dibujos animados quedaba fielmente reflejada en todos y cada uno de los píxeles de su modelado: cuando algún enemigo le daña, éste se mosquea y se pone a gruñir, añadiendo carisma al manido uso del parpadeo para este tipo de animaciones.

La mecánica del juego es bastante variada pese a ser un plataformas de la vieja escuela, contando con tres tipos de pantalla: la típica de plataformas, una en la que el pobre pato era perseguido por todo tipo de enemigos y la necesaria batalla con los diversos jefes finales. Éstos van desde un orangután hasta la bruja-pato final, pasando por un tiburón al que acabamos robándole los dientes: cada uno de ellos con una rutina completamente distinta e innovadora.
Como era de esperar, cada una de estas batallas crean situaciones con mucho humor, lo que hace que DDT sea un juego que, sin ser demasiado complejo, se disfrute mucho mientras se juega, y no precisamente sólo para los niños (este redactor se lo ha completado para escribir esta retrospectiva... y hacía mucho que no me divertía tanto).
El apartado sonoro de DDT es realmente sobresaliente, con unas melodías cargadas de ritmo, épica y tan pegadizas que, tras jugar, tardaréis días en quitároslas de la cabeza (especialmente la que suena cuando se ha superado un mundo).

Un ejemplo a seguir
En resumidas cuentas, Deep Duck Trouble es un juego que en la época dorada de Master System pasó sin pena ni gloria por las tiendas de todo el mundo, pero que hoy en día destacaría mucho más teniendo en cuenta la dudosa calidad con la que este tipo de juegos llegan al mercado. Actualmente, para jugar a un buen plataformas hay que recurrir a la última entrega de Mario, Rayman o Crash (ni de Sonic podemos fiarnos ya), y la gran mayoría de los títulos que aparecen bajo la licencia de Disney son, como mucho, mediocres.

Un clásico que no debería faltar en el emulador de cualquier amante de los juegos antiguos, que busque un plataformas divertido, ameno y para todas las edades, realizado con un mimo que haría sonrojar a más de una millonaria desarrolladora de la generación actual.