Para los fans más empedernidos del universo Sega, el nombre "Flicky" tiene un significado. Buceando en el amplio elenco de personajes de la saga del erizo azul, uno puede encontrar verdaderas genialidades y absolutas aberraciones. El pajarito azul Flicky no es ni una cosa ni la otra: en su papel de secundario, no destaca especialmente por nada, aunque, como en toda saga que se presta al frikismo, tendrá su sector de enemigos.

Sin embargo son pocos los que conocen el origen de este personaje. Flicky es el protagonista de uno de los arcades más adictivos y divertidos que ha parido Sega allá por el año 1984, cuyas continuas reediciones han llevado a poder jugarlo prácticamente en cualquier videoconsola y ordenador actual. Cuando uno ve algunas capturas del juego, puede parecer algo simple y desfasado, pero, ¿Qué hizo a Flicky un juego que ha perdurado por los años? No lo sabréis si no leeis el articulo al completo, eso está claro...

La mecánica de Flicky es simple como el mecanismo de un chupete, siendo explicada en las dos primeras imágenes que vemos al comenzar a jugar. Primero presentan al reparto: Flicky, los pollos, los gatos y las iguanas. Tienes que salvar a los pollos. El resto es el enemigo. Para defendernos, el pobre pajarito sólo podrá contar con el mobiliario que encuentre a su paso, pudiendo agarrarlo y lanzarlo contra los otros animales. Pero, ¿Qué hacemos con una camada de pollitos nerviosos? (Nuestro diseñador, Sr.Lucha, seguro que tiene una respuesta).

Flicky se desarrolla en escenarios 2D bastante simplitos que se suceden en bucle, a lo Pac-Man. En ellos encontraremos la ansiada puerta de "Exit" por la que deberemos sacar a nuestros retoños, gateras atestadas de depredadores y diverso moviliario urbano con el que defendernos. Flicky deberá pasar junto a los pollitos, desperdigados a lo largo del escenario, para así llevarlos en su cola hasta un lugar mejor.

El problema erradica en que si un gato toca a nuestra hilera de pollitos, estos correran despavoridos... y tendremos que comenzar de nuevo: frustante y adictiva sensación la que nos recorre cada vez que eso pasa, sentimiento clave en cualquier videojuego: el pique.
Si Flicky consigue llevar a toda su prole de una sola vez a la puerta de salida, obtendremos más puntos, de lo contrario se hará de manera proporcional. Esta es toda la chicha que tiene el juego a lo largo de sus muchos niveles, a excepción de la deliciosa fase de bonus en la que tendremos que recoger a nuestros pollitos del aire con un cazamariposas.

Parece simple, ¿Verdad? Pues os retamos a que comencéis a jugarlo. La sencillez de la mecánica de Flicky y la repetición en bucle de los escenarios esconde una clave estratégica que puede resultar divertidísima: los objetos rebotan en las paredes, los enemigos siguen cierta rutina... ¿Que pasaría si lanzo este martillo aquí? ¿Le daré a ese coñazo de gato? ¡Premio!
Además, la curva de dificultad va en constante aumento. Si bien al principio nuestros pollitos son asustadizos y previsibles, en niveles posteriores los más reveldes, ataviados con unas gafas de sol, nos la van a hacer pasar canutas. Lo mismo pasa con las iguanas, enemigos rápidos y fieros que además pueden correr por el techo... ¡Miedito!

La parte técnica de Flicky no es gran cosa, teniendo en cuenta que es un arcade de los 80: gráficos coloridos pero sencillísimos y melodías alegres pero repetitivas... ¿No queríais retro? ¡Pues tomad tres tazas!
En fin, Flicky es el juego que mucha gente desea jugar, aunque ni siquiera lo conozca: siempre puedes jugar, aunque sean cinco minutos, aunque sea un solo nivel... eso no importa: pasarás un rato divertidísimo. También es cierto que una vez superes el primer nivel no podrás parar... ¿Me equivoco?