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Crónicas Frikis

20/09/2010
Por: M.O.III

El conductor

M.O.III nos introduce en el sórdido mundo del conductor videojueguil. Abróchense los cinturones...

Farruk llevaba cuarenta años viviendo del volante, y eso que no era ni taxista ni camionero, aunque había conducido tales vehículos. De hecho, había pilotado desde los veloces vehículos de Fórmula 1, pasando por los mas exclusivos coches deportivos, hasta los turismos mas vulgares y obsoletos que se puedan encontrar. Hasta a veces había experimentado lo que era sentarse al volante (o lo que fuera) de extraños artefactos móviles, tanto futuristas como grotescos. Y es que Farruk es el tipo que conduce todos los vehículos de los juegos de carreras. Y eso, aunque no tiene carné de conducir.

Farruk, como todo chaval proveniente de un barrio marginal, con sus piercings, tatuajes, anillos y cadenas de oro, cuando empezaba de jovencito en el negocio, “flipaba” con su trabajo. La velocidad que alcanzaba con su primer Formula 1 de las salas arcade (ese “Pole Position” pixelado) o pintar de verde Nueva York en City Connection le molaban a mas no poder. Era una vida, nunca mejor dicho, de desenfreno, velocidad y olor a goma quemada. Farruk, con eso y una cinta de Los Chichos en el “radio-casette” era feliz. Incluso emulaba a los agentes de la ley en ese Chase HQ con su turbo virguero y se vestía como el pavo del coche fantástico.

Pero todo cambio cuando firmó para trabajar en el que iba a ser el bombazo recreativo del momento: Out Run Al leer el contrato incluso se emocionó. Iba a conducir un Ferrari Testarossa por las playas de California, y además, con una “gachí” rubia de copiloto. Lo único chungo era que como se suponía que el conductor era un niño pijo, tenía que quitarse el corte de pelo a lo cenicero y cortarse la coletilla estilosa que le colgaba hasta el final del cuello. Gajes del oficio. Los inicios eran molones. El coche volaba por la carretera, los decorados eran geniales y la chica era mona. Pero poco a poco la cosa se fue torciendo.

Desde el primer día estaba pactado que la música que podía poner era la tecno-pop de los ochenta, que le rayaba bastante. Nada de gitaneo, lo cual para el era duro. Luego se dio cuenta de que la chica de al lado no le hacía ni caso. Como solo se le veía de espaldas, Farruk se cambió el peinado, sí, pero siguió con sus tatuajes, piercings y cadenas, además de dejarse largas las uñas de los meñiques, lo que a una pijita californiana no acababa de seducir.

Pese a encontrarse en la cima de su carrera, Farruk quería más y más...
Con el tiempo, la cosa fue empeorando. Por muy flipante que fuera el vehículo, a Farruk le apetecía bajarse y disfrutar de las esplendidas playas del juego, pero no le dejaban. ¡Era una tortura! ¿Para que le servía estar en los lugares más paradisíacos si no podía disfrutarlos, si no podía bajar del coche? Cuando cumplió su contrato no renovó. Estaba harto de sudar como un cerdo en el Ferrari, aguantar a una niñata que le miraba mal y no entendía su masculinidad y conducir con tapones en los oídos para no escuchar la música.

El mundo del espectáculo no era tan bonito como pensaba, así que decidió buscar otro trabajo. Lo malo es que fue pionero en esto de las nuevas formulas de enseñanza: le pasaban de curso porque sí para que no se sintiera inferior a otros compañeros, no le suspendían aunque dejara el examen en blanco para no crearle transtornos psicológicos, y si no iba a clase había que entender que se estaba protegiendo su independencia y personalidad. Y claro, no le castigaban porque podía denunciar a sus profesores.

El resultado de tan brillante política era que Farruk no sabía leer ni escribir, lo que le impedía el acceso a cualquier trabajo cualificado. Lo único que sabía hacer era conducir. Y si bien nunca le hizo falta el carné para hacerlo, ya que a la gente como el la policía no le multaba nunca, para obtener un contrato de taxista, chofer o camionero sí que lo necesitaba.

Farruk suspendió las cinco primeras veces el teórico. Le aprobaron por quitárselo de encima. Luego suspendió diez veces el práctico. ¿Cómo era posible con toda la práctica que tenía? Pues por los vicios. El profesor no podía quitarle la manía de saltarse los semáforos en rojo, ponerse a 150 k/h por centro de ciudad y otras cosas similares que hacía en su trabajo. Pero lo peor sucedió un 24 de octubre. Por entonces Farruk compaginaba el carné con su trabajo en la industria, “pa poder vivir”, ya que las constantes renovaciones de papeles le dejaban sin un duro. En ese momento estaba trabajando en Carmageddon, el juego en el que había que atropellar peatones.

Fue una masacre. Las calles de Linares, donde se examinaba, se tiñeron de rojo. Hombres, mujeres y niños, sin distinción de raza, edad o posición social, fueron atropellados con saña. El profesor no toco los pedales debido a que el primer atropello, sufrido por dos marujas que salían del Corte Ingles y que volvieron a entrar a trozos, le provocó un infarto fulminante. Cuando la policía le sacó del coche, Farruk solo repetía: “¡ Menuda puntuación me he hecho! ¡Que partida!”

Como nunca jamás le permitieron examinarse, estaba claro que no podía dedicarse a otra cosa que a los videojuegos, eso sí, sin que se le viera la cara para evitar que alguno de los familiares de sus victimas fuera a por el en busca de venganza. Ese es el motivo de que, a diferencia de otros juegos en lo que el protagonista puede salir del coche, Farruk cumple condena en los vehículos, y no en la cárcel.

Aun hoy, ya mayor, Farruk sueña con poder viajar en autobús, con otras personas, para poder comer un bocadillo mientras viaja, contemplar tranquilamente el paisaje e incluso conversar con otras personas. O pillar algún atasco. Ir lento, despacio, observando a los otros conductores. Ya no le gusta el gitaneo. A Farruk le encantaría escuchar música clásica, armoniosa. ¡Y pasear! Ah, pasear por las calles de los lugares por donde conduce… ya casi se le ha olvidado andar.

En lugar de eso, Farruk vive sentado en los vehículos mas veloces, anónimo y solo, sin mas contacto humano que las señales de radio, con la música estridente y maquinera de los juegos actuales, viendo pasar de forma borrosa las calles, tiendas y edificios lujosos que jamás llegará a pisar, y eso cuando no se ve agredido por otros vehículos, coches de la policía e incluso catástrofes naturales. Farruk vive en el infierno.

Jódete, Farruk.

M.O.III.

Comentarios

Avatar de jeru
jeru
Lun Sep 20, 2010 7:26 pm
Veo que anda circulando mucho Lsd por la redaccion de Pocket Invaders XDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDD
Avatar de Eldan
Eldan
Lun Sep 20, 2010 11:08 pm
Qué dura es la vida de Farruk. Y yo que pensaba que trabajar conduciendo los coches de los videojuegos sería algo molón... xDDD

@Jeru en cuanto a lo del LSD te equivocas, los redactores / colaboradores de Pocket Invaders venimos así de fábrica por difícil de creer que te resulte xD
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Anónimo
Mar Sep 21, 2010 1:36 pm
Panchito os engaña, no toméis eso que os trae!

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