Tombi: “Son todos unos cerdos”
Armado de valor, Ricochi viaja hasta la isla en la que vive uno de los personajes más gañanes de la industria del videojuego: Tombi, un chaval de pelo rosa y bastante mala leche ¿Responderá a nuestras preguntas? Un documento sin precedentes de la mano de Pocket Invaders.
Cuando Sir Panchester Coppermater, accionista mayoritario y presidente de Pocket Invaders, me encargó la misión de entrevistar al mismísimo Tombi, no pude evitar sentir cierto pánico periodístico. ¿Qué se le pregunta a alguien que en todos sus juegos no ha dicho una sola palabra? Sin duda, todo un reto profesional que me dispuse a superar... qué iluso, no sabía lo que me iba a encontrar en este alocado viaje.
La que en su día fue llamada comúnmente “Isla de los Cerdiablos” se encuentra en un punto perdido del Pacífico, por lo que fueron necesarias varias horas de vuelo en aeroplano ligero seguidas de un par más en lancha motora. Como no podía ser de otra manera, pese a lo largo del viaje éste fue bastante cómodo... en Pocket Invaders no reparamos en gastos en lo que a mimar a nuestros periodistas se refiere.
Tras un día entero de viaje, mis pies tocaron por fin tierra firme. La exhuberante flora y fauna de la isla de Tombi me saludaron a su peculiar manera: mosquitos zumbando perezoamente en mis oídos y un calor húmedo de los que te derriten el cerebro. Ahí estaba la primera respuesta: El motivo por el que Tombi iba desnudo de cintura para arriba. Por el contrario, yo me había ataviado con la clásica indumentaria de reportero que viaja a la jungla: chaleco con bolsillitos, sombrero de safari, pantalones cortos, calcetines blancos de algodón hasta la rodilla, riñonera y cantimplora y, cómo no, uno de esos prácticos cinturones de astuto diseño en cuyo interior hay escondido un bolsillito con cremallera... ¡El mejor lugar para proteger tu dinero de cualquier tipo de maleante!
Miré a mi alrededor pensando dónde diablos podría encontrarse Tombi, y para mi estupefación todo era muy extraño: árboles, plantas y animales tenían una apariencia nunca vista, aplanados y desprovistos de detalles... Claro, ahora lo entendía: El juego Tombi! Era uno de esos últimos plataformas 2D que aparecieron en la época PSX. Súbitamente levanté mis manos para mirármelas y, efectivamente: Mi cuerpo había pasado a las dos dimensiones. Gajes del oficio, qué le vamos a hacer.
A través de la espesura podía ver una enorme casa sobre un árbol, la cual me era muy familiar de mis tiempos de juego con la primera PlayStation. ¿Estaría allí Tombi? Bueno, por allí no parecía haber otro signo de vida humana... Así que me dispuse a subir hasta allí. Siguiendo el refrán que mi madre tantas veces me repitió “Allá donde fueres, haz lo que vieres” decidí llegar hasta aquella casa al igual que lo hacía el héroe de pelo rosado.
Un vídeo en el que se muestra la isla en la que se realizó la entrevista.
Corriendo, salté sobre una de esas plantas-fuelle tan bonicas que poblaban la isla, y salí disparado hasta la copa de un árbol. Una vez arriba, me agarré a una liana para lanzarme con ella hasta la casa. Que conste que soy bastante torpe con las acrobacias, pero, ¡Eh! En un mundo 2D fallar un salto por puntería es algo muy complicado.
Justo cuando me armo de valor y agarro la liana, el mundo se para a mi alrededor y surge un cartelito sobre mi cabeza al son del repiqueteo de una campana. Estupefacto, miro el cartel, que reza: “Misión: Entrevistar al tipo del pelo rosa”. Vaya... parece ser que me estaban esperando. Sin más, me lancé agarrado a la liana. Por un momento creí que me chocaba con la pared de enfrente, pero de pronto un impulso inconsciente me hizo saltar, dando tres piruetas en el aire que fuera de aquella isla no habría hecho jamás. Sin casi saber cómo, me agarré del borde del suelo sobre el que se edificaba la casa y, sin pensarlo un segundo, abrí la puerta. Allí estaba Tombi.
No puedo negarlo: mi sorpresa fue mayúscula. La apariencia que Tombi dio en sus dos primeros juegos era la de un cazurro troglodita semi desnudo con un cabreo de mil demonios por haber perdido un trozo de bisutería. Cual fue mi sorpresa cuando atravesé el umbral de la puerta y encontré al protagonista de este artículo sentado tranquilamente en un sofá leyendo un libro enorme.
Tombi no había cambiado físicamente, aunque desde luego su apariencia era otra: Su larga y otrora enmarañada melena estaba ahora recogida en una discreta coleta. Iba vestido con un elegante batín de seda y calzado con una cálidas zapatillas de estar en casa. El chico leía distraídamente con unas gafas de media luna mientras, sí, efectivamente, fumaba en pipa. Lentamente levantó su vista del libro y me escrutó con la mirada de arriba a abajo, y luego de abajo a arriba.
Ricochi: Disculpe la interrupción, Señor Tombi, soy Ricochi, redactor de Pocket Inva...
Tombi: No le preguntado quién es usted, caballerete. De hecho, no le he preguntado nada.
A juzgar por el recibimiento, la entrevista parecía complicarse por momentos. Me quedé como un bobo junto a la puerta sin saber qué hacer ante aquella respuesta. Tombi suspiró cansadamente, se quitó las gafas y las dejó junto al enorme libro a un lado.
T: Está bien, pase, no se quede ahí.
R: Gr-gracias...
T: ¿Y bien? ¿Qué le trae por mi isla? ¿Y por qué ha pasado sin llamar?
R: Verá, es que aún no me he acostumbrado a la visión 2D y...
T: Dígamelo a mí, que he aprendido a leer libros de un centímetro de ancho. Abiertos.
R: Sí, supongo que debe ser complicado... En fin, vengo para saber si me respondería a algunas preguntas. Hemos intentado ponernos en contacto con usted desde la redacción, pero no hemos dado con ningún teléfono ni e-mail de contacto.
T: ¿Teléfono? ¿E-mail? Caballero, ¿No se da cuenta de que en esta isla no tenemos ese tipo de cosas?
R: N-no, lo cierto es que no lo sabía...
T: No tiene importancia... Tome asiento.
Obedientemente, tomé asiento en una silla que había junto a la puerta. Aquella habitación era diminuta pero sorprendemente acogedora, con estanterías plagadas de libros y discos. En una de las esquinas, junto a una gran chimenea, un tocadiscos sonaba al ritmo de Mozart.
T: ¿Y bien? No tengo todo el día, amigo, querría continuar con mi lectura.
R: Está bien. Comprenderá que no me imaginaba encontrarme esto, Señor Tombi.
T: Ya estamos con lo de “Tombi”. Mi nombre es Tomás Bisbal.
R: ¿Bi... Bisbal?
T: ¡Sí, Bisbal! Mi familia es de Almería, pero no tengo nada que ver con el tío ese de los rizos, ¿Estamos?
R: Estamos. Pues eso, señor... Bisbal, que no me imaginaba encontrarlo tan...
T: ¿Civilizado?
R: Exacto.
T: Han pasado quince años, amigo... ¿Qués esperaba? Ya no soy tan jóven. Mi época de perseguir cerdos en gallumbos y atizarles con un mangual pasó...
R: Un mangual, curiosa arma para usarla en mitad de la selva, ¿No cree?
T: Bueno, es potente y fácil de usar, y para qué engañarnos, me venía como anillo al dedo con mi antigua personalidad, ¿No cree?
R: Desde luego...
T: Mire, mire, aún la conservo, ahí arriba, encima de la chimenea (Tombi señala un mangual colgado a modo de trofeo sobre la chimenea).
R: ¡Increíble! ¿Aún sabe manejarlo?
T: Como bien le dije, mis años de bárbaro han pasado. Ahora tengo otras inquietudes...
R: Entiendo. Y hablando de objetos del pasado... ¿Conserva aún la pulsera de su abuelo?
T: ¿Esa baratija? La cambié por algunos libros usados.
R: Pero... ¿Cómo es posible? ¡Si luchó a muerte por ella!
T: Mire... le voy a ser sincero. La pulsera de mi abuelo me importaba bien poco. Ni siquiera era de oro, y lo cierto es que me parecía bastante hortera. Si la empeñé a golpes con los cerdiablos fue porque era joven, y tenía ganas de gresca. Nada más.
R: ¿En serio? ¿Viajó por la isla dando caza a los Cerdiablos por pura diversión?
T: Entiéndame... era un adolescente. Me habían regalado un mangual. Las hormonas y todo ese rollo. Además, ¿Usted ha visto la pinta que tenían esos cerdiablos? ¡Menudos sarasas, con sus guantecitos y sus pantaloncitos blancos!
R: Está usted siendo políticamente incorrecto...
T: ¿Con los cerdos? ¡Pero si ustedes los convierten en embutidos!
R: También es verdad...
T: Mire, lo hecho, hecho está, y lo cierto es que no me arrepiento. Cuando me había cargado a aquella panda de indeseables me enteré de que habían estado dándole guerra a mis vecinos. ¡Me desquité y encima quedé como un héroe!
R: Hombre, visto así...
T: No obstante, he cambiado, y ante la violencia tolerancia cero. ¡Niños, si estáis leyendo esto, no hay que pegarse! ¡Las cosas se solucionan hablando!
R: Gracias por el mensaje moral. Así que, por lo que veo, ha cambiado el fiereo por la lectura.
T: Pues sí. Con el paso de los años uno se acaba cansando de perseguir cerdos, y tanta voltereta acaba pasando factura, se lo digo yo. Estoy de la ciática fatal.
R: Vaya por Dios.
T: Además, no todo han sido rosas en mi vida. Sí, aquella aventura con los Cerdiablos me hizo famoso, pero desde entonces no he conseguido quitarme el San Benito de gañán. ¡Y he cambiado!
R: Comprenda usted que fuera de esta isla se sabe bien poco de usted, Señor Tomás.
T: Pues mire, ya tiene algo que contar en su revistucha...
R: ¿Revistucha?
T: Como le decía: he cambiado. Con el tiempo he aprendido a apreciar la buena literatura, y la música clásica... ¿No es Mozart el mejor entretenimiento para pasar la tarde?
R: Si usted lo dice...
T: Lo que yo le diga. Ni cacerías de cerdos, ni saltos ni mangualazos: El Conde de Montecristo y de fondo, la música de Mozart... la tarde perfecta.
R: Hombre, yo soy más de la Play...
T: “La Play, La Play...” ¡Bah! Si lo llego a saber no protagonizo ese videojuego... ¡Os tienen tontos con tanto muñequito!
R: ¡Eh! Sin insultar...
T: Bueno, ya he perdido demasiado tiempo con usted. Váyase a juntar letras a otra parte, y recuerde: ¡Tomás Bisbal! ¡Acaben ya con la pamplina de Tombi!
Tras quince minutos de volteretas, lianas y ramas de árbol volví a la lancha motora, entre la sorpresa y la decepción. Toda una leyenda viva de la época de PSX que reniega de la industria, de su juego e incluso de su propia personalidad. Qué razón tienen los que dicen que a los juegos de la primera PlayStation no le han sentado bien los años...











Con respecto a Tombi... Digo TOMÁS BISBAL, ¿quién iba a decir que se había vuelto tan civilizado? Su argumento de que convertimos a los cerdiablos en embutidos te dejó desarmado xD