999: una carrera contra el reloj
Siguiendo los pasos de Hotel Dusk, esta aventura nos traslada a un mundo a medio camino entre la novela y el videojuego.
La pequeña de la casa Nintendo ha sido una de las consolas que más ha potenciado en los últimos años el revival de las aventuras gráficas, ampliando el concepto en conjunción con otros géneros y aprovechando las numerosas posibilidades que brinda este eclecticismo. Tenemos los títulos centrados en los puzles, como los protagonizados por el incombustible profesor Layton, o aquellos otros que se han dado en denominar “novelas interactivas”. Un nombre un tanto redundante, puesto que el acto de leer una novela en papel también implica la interactividad del lector; si no sentimos empatía, no elucubramos teorías… en suma, si no interactuamos, aunque sea a nivel intelectual, no podemos decir que estemos leyendo realmente una novela. Trasladar este concepto al ámbito del videojuego implica que asumimos el control del argumento como un segundo autor, algo que todo aficionado a la lectura ha querido hacer en algún momento; tomamos el stylus cual si se tratara de una pluma y nos animamos a conducir la historia, al tiempo que nos sumergimos en ella.
El ejemplo paradigmático en el catálogo de Nintendo DS es el maravilloso Hotel Dusk, así como su secuela, Last Window, que si bien no cuenta con la calidad de su predecesor continúa en la misma estela. Una historia cuidada, bien escrita, con personajes a los que se les ha dotado de un trasfondo que va más allá de lo meramente casual. La interactividad se manifiesta a través de puzles y acertijos, pero éstos son una excusa para implicarnos: el verdadero objetivo es adaptar las premisas de una novela a las dimensiones de nuestra pequeña pantalla. Así pues, a la hora de empezar un juego de este tipo hay que tener muy presente que veremos desfilar frente a nuestros ojos grandes cantidades de texto… y estar dispuestos a disfrutar con ello.
El juego que tratamos en este avance entra dentro de esta segunda categoría. Con el largo y enigmático título de 9 hours, 9 persons, 9 doors (podemos encontrarlo abreviado como 999), se nos presenta una historia que despertará referencias en la memoria de los aficionados al manga. La receta de su argumento, como veremos, incluye una pizca de Battle Royale y una cucharada de Gantz. También la estética remite inevitablemente a este estilo.
El protagonista es un chico llamado Junpei, del que poco sabemos al principio; por su aspecto físico, y su comentario casual de que lleva tres años en la Universidad, podemos discernir que su edad ronda los veinte años. El joven despierta desorientado, en una extraña habitación que pronto identifica como el camarote de un barco. La puerta de metal está cerrada a cal y canto, y muestra en su superficie el número 5 pintado con spray rojo. El mismo número que lleva en un extraño brazalete, una especie de reloj digital, en su muñeca…
La habitación comienza a inundarse, y Junpei debe buscar una forma de escapar. Cuando lo consigue, llega a una gran sala en la que descubre a otras ocho personas que acaban de huir de un camarote similar al suyo. Ninguno es capaz de recordar cómo ha llegado hasta allí, y todos llevan idénticos brazaletes, cada uno con un número. Pronto recibirán una explicación, aunque poco satisfactoria: a través de un altavoz, un hombre que se presenta como “Zero” les indica que han sido seleccionados para participar en un juego. El objetivo es muy simple: salir con vida del barco. Tienen nueve horas antes de que éste se hunda. Deben encontrar la puerta número 9, y para ello tendrán que atravesar las demás haciendo uso de sus brazaletes y combinando sus números.
El variopinto grupo (tenemos un chico de la edad de Junpei, un joven que parece aristócrata, una bailarina con un traje que deja poco a la imaginación… y, casualidades de la vida, el amor de la infancia de nuestro protagonista) tiene reacciones enfrentadas: algunos optan por seguir las normas del juego, y otros por buscar una salida alternativa. En suma, el conflicto está servido.
La mecánica de juego consta de dos partes diferenciadas. Por un lado, la que pertenece propiamente al subgénero de “novela interactiva”, en la que hablaremos con los demás personajes y se sucederán diversas situaciones, donde intervendremos en mayor o menor medida. Y, por otro lado, las denominadas “fases de huída”. Son las que albergan los puzles propiamente dichos, y todas siguen el mismo esquema básico: tendremos que averiguar el modo de escapar de una habitación. Como premisa, tendremos que utilizar en muchas ocasiones algo que el juego llama “raíz digital”, y que consiste en la suma o resta de los números que encontraremos, bien en los brazaletes de los personajes, bien esparcidos en objetos. La “raíz digital” funciona como una especie de contraseña maestra que nos permitirá atravesar algunas zonas.
El gran acierto de 999 es que su mecánica es sencilla. Basándose en el point-and-click, el hecho de que se muchos de sus acertijos se fundamenten en operaciones matemáticas básicas es un aliciente para quienes no soporten las aventuras gráficas complejas, con soluciones absurdas (todos recordamos ese pulpo en el váter de Mundodisco…). Por otro lado, no llega a ser excesivamente simple, de modo que los más veteranos en la materia también encontrarán retos adecuados.
El diseño, como hemos comentado, está inspirado claramente en el manga, con personajes que responden a muchos de sus tópicos. El estilo de juego no necesita de escenarios demasiado definidos, por lo que éstos cumplen debidamente con su función. El apartado sonoro, en cambio, deja bastante que desear. En una novela interactiva, la música es fundamental para la inmersión; en Hotel Dusk, el jazz ligero acompañaba perfectamente los momentos de investigación, mientras que los interrogatorios cambiaban a una música más apremiante, que les imprimía la emoción necesaria. En 999 tenemos una melodía que se repite machaconamente, sin distinguir el momento de la historia o su grado de tensión. Y ni siquiera es una música bien elaborada, sino apenas un midi que no aprovecha para nada las posibilidades de la consola.
Por último, aunque no menos importante, podemos decir que la narración de la historia es correcta y mantiene bien la intriga. Quizás peca, en los primeros momentos, de sobreexposición; no tiene mucha lógica que Junpei se pare a reflexionar detenidamente sobre algunos aspectos mientras su habitación se está llenando de agua de forma incontrolada. El momento de presentación de los demás personajes también ofrece bastante densidad de información, algo que corta en cierto modo el desarrollo y la tensión de la escena. Es de esperar que, conforme el juego avanza y no sean necesarias tantas explicaciones, exista un mejor equilibrio en este sentido.
999 es, desde luego, un título con un argumento bastante llamativo, y una mecánica que combina los momentos distendidos con los emocionantes. Esperemos que no tarde en llegar a nuestras fronteras y podamos descubrir qué se esconde tras la siniestra máscara de Zero.


















